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Vacío imaginario

Vacío imaginario

Jorge Pietra

Del 12 de Septiembre al 05 de Octubre de 2013 - Inaugura: 19hs  - Entrada: libre y gratuita

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Conocí a Jorge Pietra en el año 1969. Eramos compañeros de primer año en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, y nos hicimos amigos inmediatamente. El vivía, creo, en Villa Urquiza, y yo en Vicente López, y cuando volvíamos de la escuela en el mismo tren yo lo abrumaba con obsesivas historias, relacionadas casi siempre con fallidos enamoramientos, que él disolvía con un infatigable sentido del humor, no exento de una cariñosa, y también caustica ironía. Y probablemente fuera tan eficaz para hacerlo porque él mismo era un gran obsesivo, pero en sus dibujos, que yo admiraba, y admiro, profundamente.

 

La suya era una obsesividad no acumulativa, sino estructuralmente barroca, en cuanto a la espectacular y compleja estrategia de subdivisión del plano, rasgos que han subsistido enriqueciéndose a lo largo de su extraordinaria trayectoria de más de cuarenta años, tanto en el dibujo como, desde luego, en su fastuosa obra pictórica. Ya en esa època, Pietra se revelaba como un prematuro maestro en la libertad de su figuración, la sensibilidad , nitidez y diversidad de su línea, la capacidad de generar invariablemente sorpresa y embriaguez gracias a la funambulesca puesta en escena de sus motivos, y especialmente por una paleta que, aún incipiente, ya desbordaba de centelleante vibración y pasmosa audacia.

 

Además de compartir taller – un único ambiente al frente en una Antigua casona de la calle Viamonte, con un enorme ventanal que parecía una vidriera – teníamos, naturalmente, apegos y fanatismos comunes: el pop, el llamado comic underground, Heinz Edelmann y sus dibujos de Submarino Amarillo, la Nueva Figuración, la psicodelia, el Surrealismo, más la rara convivencia de Carlos Alonso, Bobby Aizenberg y Francis Bacon. Como podrá verse recorriendo este libro imprescindible, todo eso se cocinó y combinó singularmente en la usina carnavalesca de Pietra, una inagotable caldera de imaginación y lírica expresividad de donde salen esos bizarros seres y personajes, esos ambientes imposibles, y ese clima de insalubres sueños y disolventes pesadillas que el artista convierte en una gozosa locura de color sinfónico.

 

Un día antes del tenebroso 24 de marzo de 1976, Pietra inauguraba una excepcional muestra de dibujos en la antigua galería Carmen Waugh, un largo espacio blanco rectangular que se extendía en un primer piso de Florida casi Paraguay, y que después sería la Galería Jacques Martínez. La exposición se titulaba ‟Espacio Añicos” , aludiendo a la explosiva manipulación compositiva con la que Pietra destruía y destruye las convenciones geométricas, perspectivistas y arquitectónicas del ilusorio espacio bidimensional. El título iba a ser, enseguida, desgraciadamente profético de la miserable tragedia que acechaba ahí nomás, en la aciaga noche del día siguiente. Aquí pueden apreciarse varios dibujos muy próximos a aquellos de ‟Espacio Añicos”, y hay que remarcar una vez más que la virulencia situacional y climática,la proteica cualidad metamórfica y metafórica que destilaban orgánicamente esos pequeños poemas malditos han sido un leiv motiv persistente en la cuantiosa de producción del artista hasta la fecha.

 

En el sistema de Pietra, hijo no renegado del arte moderno, se cruzan los ecos lejanos de Wilfredo Lam, Matta, Dali, Picasso, Alechinsky, los dibujos de Macció, el aquelarre de la Nueva Figuración macerado con relámpagos del Expresionismo Alemán y del Expresionismo Abstracto.  No obstante, es mas justo hablar no de influencias ordenadas sino de atemporales vasos comunicantes y resonancias, que el aluvional Pietra reconfigura con la naturalidad de su talento. Su presencia en aquel irrepetible triunvirato que se conoce como Las Tres P ( junto a esos otros dos grandes pintores de su generación, Pino y Pirozzi) lo hizo cómplice de la virtual declaración de independencia que esos fauves locales lanzaron al irrumpir poderosamente en la década del 70, y que es inmediatamente detectable en la categoría e intensidad visceral de la paleta, en la construcción a la vez exacerbada y rigurosa de la imagen, en la desusada biología de sus bestiarios, en sus delirios objetuales y antropomórficos. Son datos de carácter, pompas estilísticas y marcas visibles de las congruentes afinidades selectivas que los juntaron a los tres, sin que esto signifique ni en Pietra ni en ninguno de ellos la menor inercia doctrinaria, y mucho menos una adocenada profesionalidad.

 

Es notable como Pietra maneja su economía de medios, la energía justa aplicada en la exigencia adecuada a cada pieza, tanto en el control como en el disparo gestual, y en la velocidad y dinámica del trazo y la pincelada, para que a la precisión se le añada esa sensación de aireado contrapunto que corre entre las partes, como si la estructura, tan inconmovible en su corporeidad, revelara su espíritu mutante. A la vez, la impronta del color, a un tiempo rigurosa y ensayística, va sumando estratos de abrasiva modulación en la argamasa que configura y desfigura esas caras, cuerpos, y reductos de kermesse, esos fantasmas de entidad amorfa y descalabro anatómico, que parecen construídos en base a prótesis de un mazapán agónico, como si del viaje del pintor a México le hubiera quedado un enamoramiento secreto con los muralistas, quizás no en cuanto a la ambición historica o épica de estos pero sí por su dimension operística, aunque en una monumentalidad proporcionalmente aplacada segun los formatos del lienzo. Y también el reflejo condicionado de las abarrotadas tiendas de artesanías, junto a la potencia mágica de las alucinatorias festividades del Día de los muertos, y el hiperreal cromatismo iletrado del DF, con sus chirriantes mezcolanzas.

 

Como sea, Pietra invariablemente se impone por su afiebrado equilibrio, con esos elegantes rulos y garabatos leonardescos y esa lábil irisdiscencia con la que hace reverberar volúmenes y superficies, por cómo hace confluir las irrupciones de texturas y planos cromáticos con el feroz entrecruzamiento de grafismos, transparencias y rizomas espinosos, siempre con la lucidez técnica y la templanza suficientes como para ser expresivo sin amaneramientos, enfriando con la imprescindible aspereza esos recursos que siempre parecen sujetos a la mayor delectación. Curvas, diagonales, laberintos irregulares, retículas blandas, rayas y manchas llevan la aptitud perceptiva del ojo a palpar de manera casi táctil las materias y entidades inexplicables de un mundo hipnótico que se despliega, repliega y abisma hacia adentro del plano  tambaleante y vertiginoso, como inscripto en los paneles caleidoscópicos de un gigantesco origami descoyuntado. Bosquejos de ornamentos, fósiles de volutas, adornos rancios y molduras desmembradas también se revisten de un ropaje exasperado, como si un virus íntimo afectara de deformidad y anemia su regularidad constructiva, todo lo cual queda sin embargo rigurosamente contenido en las ligaduras de un acorde perfecto.

 

Las pinturas de Pietra son joyas planas esmaltadas, embalsamados vitraux de catedral pagana sumergidos en simulacros de luz negra policromática donde se deshace la tela suspendida bajo el enceguecedor efecto de un falso backlight. En uno u otro lienzo se siente la nostalgia sanguínea, la incontenible presencia refleja de un ámbito secreto muy afin a Pietra, el de los talleres de escenografía del Teatro Colón, donde el artista ha trabajado durante décadas, y en cuyos corredores y catacumbas novelescas ha aprehendido las subliminales voces húmedas de los apócrifos mascarones, de los palacios, paisajes e ídolos de utilería, que así como se acumulan en su guarida se atropellan en el imaginario del artista. El los revisita, lejos del verosímil narrativo de la ficción teatral, y los reconvierte según la iluminada artificiosidad y el encantador arbitrio de su ilimitada fantasia pictórica, sometièndolos a la engalanada incongruencia de un lenguaje de luces crispadas y sombras magnéticas, como un sibarita que se deleita en el banquete de efectos, hallazgos, proposiciones inesperadas y desquiciados relatos al que lo empuja el devenir incendiario de su propia, golosa fruición pictórica.

 

Generosamente, sin desmayos ni altisonancias, solo al amparo de su categoría como pintor, y por lo mismo también a la intemperie y en plena militancia recelosa contra las  mañas sociales y las tentaciones estilísticas, Jorge Pietra llena las ansiosas ánforas de nuestra mirada con el ruido y la furia de su fiesta ensordecedora.

 

Eduardo Stupía, Agosto 2013.

 

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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